Llevo tres días trabajando de noche. El primer día lo llevé razonablemente bien. Esa mañana me había levantado con dolor de garganta y mucha congestión, y a parte del malestar propio de un catarrazo, de tener los ojos hinchados y la nariz como un tomate, no noté mucho la nocturnidad, ni me costó dormir cuando llegué a casa.
El segundo día fue el mejor. Pequeña crisis a eso de las 4 am pero buen ritmo de curro, y satisfacción con el resultado. A la mañana siguiente dormí incluso mejor.
El tercero fue horrible. Empezaba a acusar el cansancio - es un hecho probado que de día las horas de sueño no son tan reparadoras - y el catarro lejos de irse tuvo un brote. Eso sí, procuré no tomar café para luego poder dormir como una campeona. Y más o menos he dormido, pero poco, sólo seis horas, y mal por los mocos y la tos.
Ahora mismo me encuentro tirada en el sofá pensando con horror en la noche que me espera. Estoy cansada, me duele la cabeza, y tengo un poco de fiebre. Si no fuera porque acabo de empezar me quedaba hoy en casa. La pregunta es ¿cuánto tiempo podría aguantar este turno de noche? contando con que no siempre estaré acatarrada ni dolorida. ¿Cuánto aguantaría cualquiera? Mi compañera me ha contado que lleva más de un año, con un mes o dos de por medio de turno normal. Yo tengo por delante 5 semanas. Veinticinco noches. Llevo ya tres. La pena es que no tengo ninguna cuenta atrás pendiente. El verano se presenta aburrido. Mi cuenta atrás va a ser el final de la era vampira.
Hoy me encuentro mal, ya he dicho que tengo fiebre y me estalla la cabeza. Pero tengo que intentar aprovechar las tardes antes de entrar a trabajar. Llevo tres días sin ver el sol, mas que por la ventana. Y necesito que me dé un poquito, que eso da vida. Mañana me propongo dar un paseo por el barrio después de comer.
miércoles, 27 de mayo de 2009
miércoles, 12 de noviembre de 2008
Quiero cambiar de vida
Digamos que hasta agosto mi trabajo se desarrollaba en una oficina, y que como ya he dicho en septiembre dejó de desarrollarse a tiempo completo en esa oficina. Hasta ahí bien. Un pequeño cambio de planes no previsto pero bueno, asumible... desde entonces no he tenido ni tiempo ni ganas de volver a escribir aquí. De los dos meses y medio que llevo en este nuevo régimen (se me han hecho como seis años) he dormido en casa aproximadamente el 25% de las noches. Llevo dos meses y medio de hotel en hotel, y de wifi de hotel en wifi de hotel (menos mal que existe internet, y el Facebook, y el correo electrónico... te hacen poder llevar una vida rara pero seminormal de contacto con tus cosas, de comunicación con tus amigos a raticos... ay que horror, me releo y es espeluznante lo que acabo de decir....).
He pedido el hilo. Decía que llevo dos meses y medio viajando sin parar. El curro no está mal (aunque me gusta más hacer otras cosas, no es la faceta que más disfrute de mi trabajo), los compañeros son majos, nos reímos, tomamos cañas... pero una ya no tiene 25 años y cada vez llevo peor esta vida de carretera, que parecemos una orquesta.
Se me acumulan las cosas por hacer, recados banales, otros importantes, detalles claves en mi vida, planes que harían que mis cosas fueran mejor, proyectos que nunca puedo empezar porque no tengo tiempo... me faltan muchos ratos con mi pareja, estar más pendiente de mis amigos, dedicarme a mi casa y a mis cosas... en fin, que después de muchos años vagando sin saber bien lo que quiero, sin tener un plan de vida, cuando empiezo a vislumbrarlo desde luego no se parece en nada a lo que estoy viviendo ahora. Cada cosa tiene su momento, y yo, en este momento, no quiero llevar la vida que estoy llevando.
¿Qué hacer?
He pedido el hilo. Decía que llevo dos meses y medio viajando sin parar. El curro no está mal (aunque me gusta más hacer otras cosas, no es la faceta que más disfrute de mi trabajo), los compañeros son majos, nos reímos, tomamos cañas... pero una ya no tiene 25 años y cada vez llevo peor esta vida de carretera, que parecemos una orquesta.
Se me acumulan las cosas por hacer, recados banales, otros importantes, detalles claves en mi vida, planes que harían que mis cosas fueran mejor, proyectos que nunca puedo empezar porque no tengo tiempo... me faltan muchos ratos con mi pareja, estar más pendiente de mis amigos, dedicarme a mi casa y a mis cosas... en fin, que después de muchos años vagando sin saber bien lo que quiero, sin tener un plan de vida, cuando empiezo a vislumbrarlo desde luego no se parece en nada a lo que estoy viviendo ahora. Cada cosa tiene su momento, y yo, en este momento, no quiero llevar la vida que estoy llevando.
¿Qué hacer?
sábado, 6 de septiembre de 2008
Cosas frikis que ver en este mundo de dios
Habré pasado por allí unas doscientas mil veces. Y sólo la última de ellas decidí salirme de la A-1, y coger la salida de Cogollos para comprobar si era cierto. Y efectivamente, allí estaba. El Azor, el barco de recreo de Franco, plantado en medio de la nada entre el motel Azor y un asador que lo completa.

La pregunta siempre es ¿será de verdad el Azor? ¿el verdadero, el genuino, ése en el que gustaba pasearse Franco por el Cantábrico soñando ser marino?
Yo había oído que había varios Azores, pero al parecer sólo fue uno. "Nació" en 1949 y su madrina fue Carmencita Franco. Dicen que Franco disfrutaba mucho a bordo de este barco, y que navegar le hacía ser un poco más persona. Que hasta se reía y hacía bromas, y se olvidaba de su día a día de dictador asesino, odiado y temido a partes iguales.
Gracias a google he sabido que el barco fue comprado en 1996 por el anterior dueño del complejo hostelero, quien pretendió con poco éxito hacer de él un reclamo turístico. Los actuales dueños no quieren que se les relacione con Franco, y afirman haber trabajado mucho para "lavar la imagen del motel". Pero el motel sigue llamándose así, y el barco sigue ahí, desangelado, absurdo, plantado sobre un bloque de hormigón, cayéndose a pedazos y con pintas de que hayan dormido dentro más de una vez en los últimos años.

Nada queda de los dos camarotes de lujo que mandó hacer el dictador para él y para doña Carmen (¿dormían separados?), ni de la madera de fresno que recubría sus paredes.
Y es difícil imaginarse las fiestas y las reuniones políticas que se celebraron en su interior, las decisiones de dictador de vacaciones que se tomaron tomado en su cubierta, las jornadas de pesca protagonizadas por su dueño, que, hay que joderse, era gran aficionado a la pesca del atún.
Cuentan que un día que el señorito recalaba por las costas de Hondarribia un golpe de mar hizo que se fuera directo al agua. Un pescador de la zona, al ver bracear a alguien, acudió en ayuda del accidentado. Nadie sabe la cara que tuvo que poner al ver que había salvado de ahogarse al mismísimo Franco, pero tuvo que ser tremenda ya que, cuando este le agradeció infinitamente su actuación y le ofreció como recompensa lo que él quisiera, el pescador le pidió lo siguiente: "No se lo cuentes a nadie".
Para quien quiera ver semejante mastodonte decadente anclado en mitad de Castilla, se encuentra en Cogollos, a unos quince kilómetros de Burgos, casi al pie de la nacional 1.
La pregunta siempre es ¿será de verdad el Azor? ¿el verdadero, el genuino, ése en el que gustaba pasearse Franco por el Cantábrico soñando ser marino?
Yo había oído que había varios Azores, pero al parecer sólo fue uno. "Nació" en 1949 y su madrina fue Carmencita Franco. Dicen que Franco disfrutaba mucho a bordo de este barco, y que navegar le hacía ser un poco más persona. Que hasta se reía y hacía bromas, y se olvidaba de su día a día de dictador asesino, odiado y temido a partes iguales.
Gracias a google he sabido que el barco fue comprado en 1996 por el anterior dueño del complejo hostelero, quien pretendió con poco éxito hacer de él un reclamo turístico. Los actuales dueños no quieren que se les relacione con Franco, y afirman haber trabajado mucho para "lavar la imagen del motel". Pero el motel sigue llamándose así, y el barco sigue ahí, desangelado, absurdo, plantado sobre un bloque de hormigón, cayéndose a pedazos y con pintas de que hayan dormido dentro más de una vez en los últimos años.
Nada queda de los dos camarotes de lujo que mandó hacer el dictador para él y para doña Carmen (¿dormían separados?), ni de la madera de fresno que recubría sus paredes.
Cuentan que un día que el señorito recalaba por las costas de Hondarribia un golpe de mar hizo que se fuera directo al agua. Un pescador de la zona, al ver bracear a alguien, acudió en ayuda del accidentado. Nadie sabe la cara que tuvo que poner al ver que había salvado de ahogarse al mismísimo Franco, pero tuvo que ser tremenda ya que, cuando este le agradeció infinitamente su actuación y le ofreció como recompensa lo que él quisiera, el pescador le pidió lo siguiente: "No se lo cuentes a nadie".
Para quien quiera ver semejante mastodonte decadente anclado en mitad de Castilla, se encuentra en Cogollos, a unos quince kilómetros de Burgos, casi al pie de la nacional 1.
martes, 5 de agosto de 2008
Objetivo: Londres
Mi primer viaje "adulto" al extranjero, es decir, sin padres, fue en 1988. Amama estaba enferma, y mis padres, que pensaban mandar a mi hermano a Francia ese verano, decidieron mandarnos a los dos y dejarse de líos. Yo era un poco pánfila, y no tenía ni idea de francés. Pero allí que me fui, todo un mes a un bonito pueblo costero de la bretaña francesa. Vivía en casa de una familia de tres hermanos de sangre y otros tres medio acogidos-medio adoptados. Los padres eran encantadores, y no tenían ningún pudor en secarse el pelo en pelotas con la puerta del baño abierta él, o en contarme cómo se había quemado en la playa ella, y para demostarlo enseñarme las tetas achicharradas por el sol en medio de la cena.
Iba a todas partes en bicicleta. Hice más kilómetros que Perico Delgado ese año en el Tour, que por cierto ganó la carrera para disgusto de mi familia y vecinos y alegría de los estudiantes españoles. Recorría la zona en una bici chachi de marchas, pequeñita como yo, por unas autopistas que ni la M30, para desdesperación de mi madre, que me veía atropellada bajo cualquier coche. Muchas noches volvía a las mil a casa por unas calles vacías cantando a voz en grito mientras pedaleaba porque me se me hacía largo el camino y, sí, porque me daba un poco de miedo.
Hice kayak, visité sitios alucinantes, conocí mucha gente, comí gofres y pains au chocolat, me medio enamoré de un gavacho, aprendí francés, a administar mi dinero, a ser independiente y a echarle cara a las cosas, y todo en un mes.
Repetí un año más. Luego fui a Irlanda tres años. Durante los diferentes cursos hice intercambios con el colegio en las ciudades francesas de Pau, Nantes, Paris y Marsella, entre otras. Otros veranos me las arreglaba para escaparme a otros países buscando las fórmulas más extrañas, y conseguí que el Gobierno de Navarra me financiara un viaje a Italia y otro a Portugal. Además, durante la carrera me fui un año a estudiar a Burdeos. A lo largo de estos viajes hice miles de tonterías, conocí muchísima gente, y me medio enamoré de algunos chicos. Algunos no me hicieron ni caso pero otros, inexplicablemente, me hicieron vivir historias alucinantes.
Más adelante, ya fuera de la órbita estudiante, he tenido ocasión de visitar otros países que no fueran Francia, demasiado presente en mi vida. Algunos seguían siendo francófonos, otros anglosajones. Incluso he visitado varios continentes. Pero nunca había ido a Londres. Sólo una vez, trabajando, tuve la ocasión de pasear por sus calles durante, aproximadamente, tres horas. Eso fue todo. Tenía tantas ganas de explorar a fondo esa ciudad que aún no me creo que vaya a ocurrir en dos semanas. Y además con el acompañante perfecto y definitivo. Necesito estas vacaciones ya. Los dos las necesitamos.
Iba a todas partes en bicicleta. Hice más kilómetros que Perico Delgado ese año en el Tour, que por cierto ganó la carrera para disgusto de mi familia y vecinos y alegría de los estudiantes españoles. Recorría la zona en una bici chachi de marchas, pequeñita como yo, por unas autopistas que ni la M30, para desdesperación de mi madre, que me veía atropellada bajo cualquier coche. Muchas noches volvía a las mil a casa por unas calles vacías cantando a voz en grito mientras pedaleaba porque me se me hacía largo el camino y, sí, porque me daba un poco de miedo.
Hice kayak, visité sitios alucinantes, conocí mucha gente, comí gofres y pains au chocolat, me medio enamoré de un gavacho, aprendí francés, a administar mi dinero, a ser independiente y a echarle cara a las cosas, y todo en un mes.
Repetí un año más. Luego fui a Irlanda tres años. Durante los diferentes cursos hice intercambios con el colegio en las ciudades francesas de Pau, Nantes, Paris y Marsella, entre otras. Otros veranos me las arreglaba para escaparme a otros países buscando las fórmulas más extrañas, y conseguí que el Gobierno de Navarra me financiara un viaje a Italia y otro a Portugal. Además, durante la carrera me fui un año a estudiar a Burdeos. A lo largo de estos viajes hice miles de tonterías, conocí muchísima gente, y me medio enamoré de algunos chicos. Algunos no me hicieron ni caso pero otros, inexplicablemente, me hicieron vivir historias alucinantes.
Más adelante, ya fuera de la órbita estudiante, he tenido ocasión de visitar otros países que no fueran Francia, demasiado presente en mi vida. Algunos seguían siendo francófonos, otros anglosajones. Incluso he visitado varios continentes. Pero nunca había ido a Londres. Sólo una vez, trabajando, tuve la ocasión de pasear por sus calles durante, aproximadamente, tres horas. Eso fue todo. Tenía tantas ganas de explorar a fondo esa ciudad que aún no me creo que vaya a ocurrir en dos semanas. Y además con el acompañante perfecto y definitivo. Necesito estas vacaciones ya. Los dos las necesitamos.
jueves, 31 de julio de 2008
Preparando el viaje a Londres
Hace ya un buen tiempo que decidí que lo mío era el trabajo de oficina. Yo no trabajo en una oficina, pero lo que hago es igual de rutinario y aburrido a veces, aunque otras tengas la oportunidad de ver cosas que nunca imaginarías. El caso es que decidí que mi trabajo, que tiene dos vertientes, de exterior y de interior, yo quería desempeñarlo en el interior. Bien. Pues esta semana, cosas de la vida, me ha tocado exterior. Vaya por Dios. Hazte la maleta, coje un avión en plena época de vacaciones... cómo estaba el aeropuerto, daban ganas de volverse a casa, lleeeeno de gente envasando sus maletas al vacio, con bermudas, piratas y chanclas, y bolsitos de esos de viaje con bolsillos secretos para la panoja... de ésos que llevan los secretas de mi barrio con el kit del pequeño policía, pero estos con los pasaportes rumbo a un resort del Caribe, o a Orlando... o a sitios peores...
Y como yo no dejo de ser otra veraneanta más entre tantos, que sueña con sus vacaciones como todos, pues me metí en un Relay mientras se acercaba la hora de mi vuelo y me compré una guía de Londres. Porque me voy a Londres, sí señor. Acompañada de un señor alto que es mi esposo. Y es que me han dado ¡quince! dias de vacaciones, quince sólo después de un año agotador en el que no he parado de trabajar. El verano pasado terminé de trabajar un miércoles y el jueves estaba volando a Japón, donde estuve 20 días sin parar de andar y ver cosas. Cuando llegué a casa y encendí el móvil, tenía un mensaje urgente donde me ofrecían trabajo e incorporación inmediata. No pude ni recuperar fuerzas de las vacaciones.
Lo de Londres la verdad es que es un plan B después de ver que viajar a NY, que era el plan A, a pesar de que el dólar está tirao, salía demasiado caro para nuestra economía. Pero estoy emocionadísima, porque no conozco Londres. Mi acompañante sí lo conoce, su hermana vivió allí un tiempo y estuvo visitándola de jovencillo. La anécdota más contada de ese viaje es que un amigo les echó un tripi en el zumo por la mañana y flipados perdidos se fueron a Hyde Park, donde se subieron a un árbol a ver pasar gente mientras comían manzanas (supongo que compradas, no del árbol), hasta que se tuvieron que ir después de que uno de ellos se bajara del árbol flipado porque el color de su manzana era exactamente igual que el del gorro que llevaba una señora que pasaba por allí, y para comprobarlo se acercara tanto a ella, y pegara tanto la manzana a su gorro, que la señora se viera seriamente amenazada. Un poco más y acaban en el cuartelillo.
La guía me la estoy empollando a raticos (me encanta preparar los viajes, y luego reconocer las cosas de las que he leído el cómo, el cuándo y el por qué´, y ver que no tenían nada que ver con la idea que te habías hecho de ellas en la cabeza). Pero aún así si alguien tiene alguna sugerencia sobre qué ver en Londres, rincones imprescindibles, cosas que no salgan en las guías, planes divertidos y excéntricos, que no sean muy caros... se la acepto encantada. Hoy mi hermano, por ejemplo, me ha recomendado un telescopio que te permite ver lo que pasa en NY en tiempo real. Flipante ¿eh? Así podemos decir que hemos visto un poco de NY también.
Y como yo no dejo de ser otra veraneanta más entre tantos, que sueña con sus vacaciones como todos, pues me metí en un Relay mientras se acercaba la hora de mi vuelo y me compré una guía de Londres. Porque me voy a Londres, sí señor. Acompañada de un señor alto que es mi esposo. Y es que me han dado ¡quince! dias de vacaciones, quince sólo después de un año agotador en el que no he parado de trabajar. El verano pasado terminé de trabajar un miércoles y el jueves estaba volando a Japón, donde estuve 20 días sin parar de andar y ver cosas. Cuando llegué a casa y encendí el móvil, tenía un mensaje urgente donde me ofrecían trabajo e incorporación inmediata. No pude ni recuperar fuerzas de las vacaciones.
Lo de Londres la verdad es que es un plan B después de ver que viajar a NY, que era el plan A, a pesar de que el dólar está tirao, salía demasiado caro para nuestra economía. Pero estoy emocionadísima, porque no conozco Londres. Mi acompañante sí lo conoce, su hermana vivió allí un tiempo y estuvo visitándola de jovencillo. La anécdota más contada de ese viaje es que un amigo les echó un tripi en el zumo por la mañana y flipados perdidos se fueron a Hyde Park, donde se subieron a un árbol a ver pasar gente mientras comían manzanas (supongo que compradas, no del árbol), hasta que se tuvieron que ir después de que uno de ellos se bajara del árbol flipado porque el color de su manzana era exactamente igual que el del gorro que llevaba una señora que pasaba por allí, y para comprobarlo se acercara tanto a ella, y pegara tanto la manzana a su gorro, que la señora se viera seriamente amenazada. Un poco más y acaban en el cuartelillo.
La guía me la estoy empollando a raticos (me encanta preparar los viajes, y luego reconocer las cosas de las que he leído el cómo, el cuándo y el por qué´, y ver que no tenían nada que ver con la idea que te habías hecho de ellas en la cabeza). Pero aún así si alguien tiene alguna sugerencia sobre qué ver en Londres, rincones imprescindibles, cosas que no salgan en las guías, planes divertidos y excéntricos, que no sean muy caros... se la acepto encantada. Hoy mi hermano, por ejemplo, me ha recomendado un telescopio que te permite ver lo que pasa en NY en tiempo real. Flipante ¿eh? Así podemos decir que hemos visto un poco de NY también.
lunes, 28 de julio de 2008
Finde perrofláutico
Recién llegada del fin de semana procedo a contar cómo han ido las cosas y dar así un par de pistas a quienes puedan andar buscando qué hacer en sus ratos libres. En concreto son dos las ideas: salir de la ciudad, y ver a los viejos amigos. Nosotros hemos hecho las dos. El resultado ha sido un encantador fin de semana de lo más perrofláutico.
Resulta que todos tenemos un pasado, y él también. En él todos eran flacuchos, melenudos, y llevaban elásticos. Fumaban porros y escuchaban heavy metal non stop. Hoy algo queda de todo eso. Los pelos van (algo) más cortos, se duchan más a menudo y los kilos (pocos, son todos unas sílfides) ya se dejan ver en la tripita. Conservan el humor, muchas aficiones y algunos hasta la cazadora vaquera de entoces. Y siguen siendo colegas. Y como se da la circunstacia de que todos esos colegas tiran al monte que no veas, pues al monte que nos hemos ido.
Tampoco hemos ido tan lejos. Setenta kilómetros nada más, pero hemos disfrutado del cambio como nadie, y hemos (bueno, he) hecho cosas absolutamente nuevas. Tengo que admitir que tras 10 años en Marid apenas conozco sus sierras, ni sus pueblos. Este finde he ido a un pantano, no me he bañado pero no pasa nada porque no lo hago nunca, aunque estemos a 40 grados (será por falta de grasa en el cuerpo que todas las aguas del mundo me parecen frías). He disfrutado viendo como chapoteaban los chavales, y he alucinado con la luz tan bonita que daban las ocho de la tarde por esas zonas. He visto teatro de calle, ¡y me ha gustado! Con argentino y clawn incluidos. ¡He pasado frío! Milagro, con la de noches sin dormir que llevaba por el calor en Madrid. He comido bocatas rodeada de desconocidos en las piscinas del pueblo, y bebido sin fin en casa de un chico al que su abuela se le aparecía después de muerta cuando era pequeño. Y almorzado en un mesón abandonado y ahora reivindicado como espacio en favor de colectivos de mujeres oprimidas. Todo muy normal, lo sé, pero tremendamente encantador. Y tan cerca de casa que no hacerlo más a menudo es pecado. Y lo mejor, ver reírse a los colegas de siempre como si no hubiera pasado el tiempo.
Nunca dejéis de ver a los viejos amigos, ni dejéis de disfutar de las cosas sencillas. Cursi, pero real.
Resulta que todos tenemos un pasado, y él también. En él todos eran flacuchos, melenudos, y llevaban elásticos. Fumaban porros y escuchaban heavy metal non stop. Hoy algo queda de todo eso. Los pelos van (algo) más cortos, se duchan más a menudo y los kilos (pocos, son todos unas sílfides) ya se dejan ver en la tripita. Conservan el humor, muchas aficiones y algunos hasta la cazadora vaquera de entoces. Y siguen siendo colegas. Y como se da la circunstacia de que todos esos colegas tiran al monte que no veas, pues al monte que nos hemos ido.
Tampoco hemos ido tan lejos. Setenta kilómetros nada más, pero hemos disfrutado del cambio como nadie, y hemos (bueno, he) hecho cosas absolutamente nuevas. Tengo que admitir que tras 10 años en Marid apenas conozco sus sierras, ni sus pueblos. Este finde he ido a un pantano, no me he bañado pero no pasa nada porque no lo hago nunca, aunque estemos a 40 grados (será por falta de grasa en el cuerpo que todas las aguas del mundo me parecen frías). He disfrutado viendo como chapoteaban los chavales, y he alucinado con la luz tan bonita que daban las ocho de la tarde por esas zonas. He visto teatro de calle, ¡y me ha gustado! Con argentino y clawn incluidos. ¡He pasado frío! Milagro, con la de noches sin dormir que llevaba por el calor en Madrid. He comido bocatas rodeada de desconocidos en las piscinas del pueblo, y bebido sin fin en casa de un chico al que su abuela se le aparecía después de muerta cuando era pequeño. Y almorzado en un mesón abandonado y ahora reivindicado como espacio en favor de colectivos de mujeres oprimidas. Todo muy normal, lo sé, pero tremendamente encantador. Y tan cerca de casa que no hacerlo más a menudo es pecado. Y lo mejor, ver reírse a los colegas de siempre como si no hubiera pasado el tiempo.
Nunca dejéis de ver a los viejos amigos, ni dejéis de disfutar de las cosas sencillas. Cursi, pero real.
jueves, 17 de julio de 2008
Quien tienen un tío en Graná...

Conocí Granada hace muchos años, cuando iba al colegio. Pero cuando pienso en Granada siempre me acuerdo de otra historia. Vivíamos aún en la era pre móvil. Por aquel entonces mi amiga acababa de despedirse de su trabajo en una gran empresa de telecomunicaciones, una empresa que ahora, en la era del móvil, controla nuestras vidas. Para celebrarlo decidió irse de viaje por Andalucía, sola con su mochila. Y yo decidí reunirme con ella el fin de semana en Granada. Ella estaría ya allí, alojada en un albergue juvenil. Yo iría en autobús después de clase. Y así fue. Cogí el autobús a media tarde, no recuerdo la hora. Recuerdo que cuando ya llevaba muchas horas en el bus, mirando por la ventana y viendo cómo fuera se hacía ya de noche, empecé a pensar en lo jodidamente lejos que estaba Granada, y en que no llegábamos nunca. También pensé que yo no conocía Granada, y que no sabía cómo encontrar a mi amiga, ni tenía dónde dormir esa noche cuando llegara… Todo había sido tan rápido, la idea del viaje, la cita planificada hacía más de una semana (recordemos que entonces no había móviles). Empecé a ponerme un poco nerviosa.
Pero lo mejor estaba por llegar.
Cuando por fin entrábamos en la estación de autobuses de Granada, eran las mil de la noche. Y al mirar por la ventana, la vi allí, esperándome. Fue como una aparición mariana. Luego me contó que entró en la estación al mismo tiempo que entraba el autobús, pero que no sabía que ése era el bus de Madrid, que de hecho no tenía ni idea de a qué hora llegaba yo, simplemente se pasó por la estación por un impulso justo en el momento en que yo llegaba. Fue un milagro.
Esa noche salimos por ahí. Alucinamos con el concepto tapas, algo que ni en Barcelona, ni en Pamplona, ni en Madrid, nuestros referentes más inmediatos, se estila nada. Luego buscamos algún bar divertido donde tomar algo. Como andábamos un poco perdidas, decidimos preguntarle a un chico que estaba apoyado en una farola con pintas de esperar a alguien. Resultó que estaba esperando a sus amigos, y nos invitó a esperarles con él y luego irnos con ellos de marcha. Lo único que le preocupaba era que sus amigos nos parecieran un poco raros. Mi amiga se meaba de la risa. “¿Qué pasa, que van disfrazados de mujer?” decía. Cuando llegaron nos quedamos boquiabiertas. Nunca habíamos visto a una dragqueen tan de cerca. Llegaron montando el escándalo y nos llevaron con ellos toda la noche por los locales más locos de Granada. Parecíamos amigos de toda la vida.
Al día siguiente no recuerdo lo que hicimos. Seguro que fue más aburrido que ese primer contacto con Granada. Qué divertido. Aún hoy, once años más tarde, nos gusta recordarlo una y otra vez, y se lo contamos a cualquiera en cuanto podemos. Y espero poder contarlo juntas muchos años más. Mi Moni, cómo la quiero.
Luego he vuelto a Granada varias veces. Todas ellas muy divertidas, culturales e interesantes. Ninguna como esa.
Pero lo mejor estaba por llegar.
Cuando por fin entrábamos en la estación de autobuses de Granada, eran las mil de la noche. Y al mirar por la ventana, la vi allí, esperándome. Fue como una aparición mariana. Luego me contó que entró en la estación al mismo tiempo que entraba el autobús, pero que no sabía que ése era el bus de Madrid, que de hecho no tenía ni idea de a qué hora llegaba yo, simplemente se pasó por la estación por un impulso justo en el momento en que yo llegaba. Fue un milagro.
Esa noche salimos por ahí. Alucinamos con el concepto tapas, algo que ni en Barcelona, ni en Pamplona, ni en Madrid, nuestros referentes más inmediatos, se estila nada. Luego buscamos algún bar divertido donde tomar algo. Como andábamos un poco perdidas, decidimos preguntarle a un chico que estaba apoyado en una farola con pintas de esperar a alguien. Resultó que estaba esperando a sus amigos, y nos invitó a esperarles con él y luego irnos con ellos de marcha. Lo único que le preocupaba era que sus amigos nos parecieran un poco raros. Mi amiga se meaba de la risa. “¿Qué pasa, que van disfrazados de mujer?” decía. Cuando llegaron nos quedamos boquiabiertas. Nunca habíamos visto a una dragqueen tan de cerca. Llegaron montando el escándalo y nos llevaron con ellos toda la noche por los locales más locos de Granada. Parecíamos amigos de toda la vida.
Al día siguiente no recuerdo lo que hicimos. Seguro que fue más aburrido que ese primer contacto con Granada. Qué divertido. Aún hoy, once años más tarde, nos gusta recordarlo una y otra vez, y se lo contamos a cualquiera en cuanto podemos. Y espero poder contarlo juntas muchos años más. Mi Moni, cómo la quiero.
Luego he vuelto a Granada varias veces. Todas ellas muy divertidas, culturales e interesantes. Ninguna como esa.
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