domingo, 16 de enero de 2011

Ya lleva más tiempo fuera de mí que dentro...

Mi ratón ya tiene nueve meses, señores. Y tres dientes. Le han salido tres de las cuatro palas (las de abajo y la superior derecha). ¡Y en la guardería le llaman goltón! Dicen que come como una lima, que ha sido volver de las vacaciones de navidad y empezar a comer muchísimo. Si es que no para. Tiene una actividad frenética. Aún no gatea, pero se arrastra a toda pastilla. Hoy hemos empezado a comer cosas nuevas: pescado (merlucita) y yogurt de leche adaptada. La merluza, triturada junto a las verduras, se la ha zampado muy bien, pero el yogurt no le ha gustado mucho. Será que le parece un poco agrio, al fin y al cabo el yogurt natural así sin azúcar es un poco duro... A ver si poco a poco vamos metiendo otros pescaditos... tengo que investigar posibles combinaciones a ver qué e gusta más. Y un día voy a probar el pavo, en vez del pollo, a ver qué le parece.

Otro gran cambio que hemos notado a vuelta de las vacaciones ha sido el baño: no se quiere tumbar en la hamaca de baño, ahora solo quiere estar sentado. Y si no, llora. Sólo sentado y a su manera. Ya no le gusta salpicar con las piernas, ni que le eches agua en la carita. No sé... cosas de bebés.

Está hecho una belleza. Estoy totalmente enamorada. Es mi pequeño amor.

martes, 28 de diciembre de 2010

Navidad a tres

Cómo pasa el tiempo. La primera navidad en familia. El enano crece a marchas forzadas. Pronto hará nueve meses. Quiero añadir sus avances, sé que dentro de un tiempo me gustará releer estas páginas. Pues bien, el ratoncito ya tiene dos dientes, y se arrastra a velocidad de crucero. Pero es que hace dos días que ha dado un paso más: se pone a cuatro patas, y hace el torete. Es como si estuviera ensayando. Sube, se balancea, y como no sabe qué hacer, se deja caer de nuevo sobre la tripa. Habrá que enseñarse que ahora lo que tiene que hacer es avanzar. También está aprendiendo a salir de la posición de sentado hacia adelante, lo que pasa es que lo que hace es tirarse de cabeza al suelo, no sabe ir de ahí a gateo. Bueno, tiempo al tiempo.
De hambre está hecho un brutico. Ayer se comió de noche 270 de leche con cereales, y aún parecía que quería más. Supongo que al tener más desgaste físico necesita más carbón en la caldera. Y de sueño... en fin... sigue despertándose de noche llorando y cuesta dormirle, sobre todo porque de mi teta ya no sale nada (creo que la lactancia ha llegado ya a su fin). Fue bonito mientras duró. Ahora habrá que encontrar otras maneras de dormirle.

Mañana mi enano y yo vamos a vivir una aventura tremenda. Nos vamos los dos solos a Pamplona en avión. ¿Llegaremos sanos y salvos o provocaremos un aterrizaje forzoso? He pensado esta opción precisamente porque el tiempo que tengo que tenerle sentado en mis rodillas quietico es menor que si fuera en tren. Espero que aguante la hora escasa que dura la estancia en cabina (el vuelo no creo que llegue a media hora). Me llevaré todo tipo de elementos disuasorios para que no llore: juguetes, galletas, comida, agua, papeles para romper... y a una mala le enchufo la teta, a ver si cuela (por los viejos tiempos). Ay, qué nervios!

Y por lo demás, nada, que soy muy feliz con mi ratón. ¡Pequeñajo mío, eres lo mejor que tengo!

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Ocho meses de libro

Mi pequeño roedor ya tiene ocho meses. Ahora mismo revolotea a mis pies en busca de queso y de cualquier otra cosa que echarse a la boca. No para quieto. Es puro nervio. Rueda, da volteretas, mordisquea, chupa, se arrastra, vuelve a rodar, grita, gruñe y parlotea, todo esto en milésimas de segundo. Y vuelta a empezar. Cuando le miras sonríe y lanza grititos de puro contento que está, invitándote a morderle el culo o hacerle cosquillas en la tripita o pedorretas en el cuello. Si le haces un "uh" como de susto pequeño se ríe, y si te acercas mucho a su cara sonriendo se carcajea. Luego, vuelta a hacer de las suyas: el rodrillo, el culo p'arriba, el marine herido, la brújula... y todo acompañado de grititos agudos de los que revientan tímpanos, de gorgoritos de todo tipo, de pedorretas de distintas intensidades, a veces de pedos y cuando está generoso de palmitas.

Ya duerme mucho mejor, con agotadoras excepciones como la de esta noche, en la que nos hemos levantado tres veces y la cuarta, a las 7 de la mañana, ha sido la definitiva (.hay que aclarar que hoy es fiesta, por eso ha sido un despertar un poco doloroso, pero de lunes a viernes esta es la hora a la que nos levantamos). Ha habido noches en las que se ha despertado una sola vez. Poco a poco le voy quitando el pecho, y hay días en los que sólo le doy de noche, incluso he llegado a no darle en todo el día. Y si te fijas bien, ya es posible ver un dientecito asomando por la encía inferior. ¡Albricias! Por fin tenemos el primer piño.

La comida va muy bien también. Hemos subido la papilla a 210 de agua más leche y cuatro cucharadas soperas con montoncito de cereales. Una señora papilla que se calza mañana y noche. Hay días que no hemos dejado ni gota, otros nos cuesta un poco más y dejamos un poco. Hoy ha dejado más que un poco, pero le perdonamos. A mediodía a muerte con las verduras con pollo o ternera, que unos días come mejor que otros, la verdad. Y la fruta sigue siendo un must, le gusta mucho. Todo esto en casa, pero en la guarde tres cuartos de lo mismo, o mejor: según nos cuenta su profe se lo come casi todo (y eso que allí las cantidades son mayores que en casa), duerme siesta (milagro) y no para de jugar, arrastrarse y experimentar.

Todo va viento en popa. A ver cuándo se tuerce.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Todo de color de rosa

Soy otra persona, agotada como la anterior, pero otra. Llevo diez días trabajando, y es que no hay color. Estoy encantada. Se me nota hasta en la cara, dicho por mi vecino y amigo. Primero, porque el horario es no inmejorable pero sí mucho más que aceptable. Consiste en un sistema de turnos por el que pasas un mes y medio genial, dos semanas regular y otras dos bastante más regular. Así suena mal, pero si pensamos en que normalmente nuestro horario es regular, bastante regular o directamente malo, tener más del 50% del tiempo un buen horario es un lujo. Además, acabo de empezar mi mes y medio genial, así que no pensemos en cosas malas.

Segundo, porque esto parece que va para largo, lo cual es un curro en el que los contratos por semanas abundan pues no está mal. Y tercero, porque el ratoncito ha reaccionad genial a su ampliación de horario, está regularizando sus noches (salvo deshonrosas excepciones como la que acabamos de pasar) y come mucho mejor. Eso sí, el otro día estuvimos en la revisión de peso y fatal, sólo ha engordado medio kilo y no ha crecido nada en este mes. Bueno, fatal no, está bien, pero me esperaba otra cosa. Y es que yo le veo enorme. Pero bueno, mientras esté sano, contento y gane peso poco a poco, voy a intentar olvidarme de las dichosas tablas.

Es que no lo puedo remediar, será cosa de madre amantísima, pero estoy obsesionada con su desarrollo, no dejo de compararlo con otros niños. El otro día estuvimos con unas amistades cuya hija es un mes mayor que el nuestro, y la vi mucho más avanzada. Grande, despierta, comunicativa... gateaba, se sujetaba de pie, daba palmas y tenía dientes. ¡Mi ratón no hace ni tiene ninguna de esas cosas! ¿Debo preocuparme? Deba o no, lo hago. En la guarde dicen que le ven bien, que no me preocupe y que es pronto. Tiene sólo siete meses y medio... en fin. Respecto al gateo, la verdad es que parece que lo intenta, levanta el culo y hace por meter rodilla... pero no sabe seguir... es un pequeño roedor que no sabe ni reptar! Por lo menos en casa porque el otro día me dijeron sus profes de la guarde que tuvieron que sacarlo de debajo de la cuna. Ay mi peque, cualquier día sale corriendo! y lo malo es que a mí me pillará trabajando!

martes, 9 de noviembre de 2010

Vuelta al trabajo

Por fin vuelvo al trabajo. Lo necesitaba. Estar en casa se me estaba empezando a hacer muy duro. Ayer toqué un poco fondo: a unos pequeños problemas personales se unió la desesperanza laboral que empezaba a aflorar en mi interior, un niño sin guardería un poco pesadito, un obrero en casa que no se iba... mi autoestima empezaba a estar por los suelos y encima me subió una mala leche tremenda. Cuando llegó el padre del ratón yo estaba de los nervios, así que ahí le dejé, con un roedor lloroso y un carpintero que no se iba ni a tiros, y me fui con una amiga a dar una vuelta y a quejarme a gusto de mis cosas, que necesitaba desahogarme. Pues bien, una hora más tarde suena el teléfono y me ofrecen un curro, un curro que me viene de perlas, porque lo conozco perfectamente (ya lo he hecho antes), conozco a mis compañeros, conozco a los jefes, estoy a gusto... es lo que necesitaba. Y encima con un horario raruno pero dentro de lo que cabe muy cómodo, porque son ocho horas de reloj (más desplazamientos, eso sí, que el lugar de trabajo está un poco a desmano) y aunque a turnos rotatorios por lo menos sabes perfectamente a qué hora sales, que no es poco.

Así que empiezo mañana (así son las cosas, siempre para ayer). Estoy de los nervios. Muy contenta por un lado y un poco desasosegada por los cambios que va a implicar al enanito. Por de pronto esta semana trabajo de noche, así que con ayuda de la abuela y un poco de esfuerzo por mi parte él seguirá con su horario normal. Pero a partir de la semana que viene (si no nos ponen problemas en la guarde) tendrá que doblar sus horas de cole. Es una putada, pero es la única manera. Ya lo tenemos todo pensado y sus horas de entrada y salida estarán siempre cubiertas por uno de los dos. Por lo menos por ahora. Cuando dentro de mes y medio yo vuelva a cambiar de turno habrá que plantearse nuevas necesidades, pero tenemos mucho tiempo por delante para pensarlo tranquilamente y dar con la solución más adecuada.

A todo esto el ratoncito se sigue despertando muchísimo por la noche. Me da pena por su padre, que mañana y pasado va a tener que ocuparse de él sin mi ayuda.

Empieza una nueva era para todos importante, de reorganización en muchos sentidos. Espero que salga todo bien. Estoy muy nerviosa.

domingo, 31 de octubre de 2010

Con los cereales duerme peor

Ayer el pequeño roedor se despertó a la 1, a las 2:30, a las 3:30, a las 5, a las 6... y no sé a qué horas más... el pobre tiene un sueño muy irregular, se despierta llorando, y es difícil calmarle. Su padre le coge en brazos y le acuna. Conmigo eso no vale, y sólo se calma con el pecho. Hay veces que cuando le cojo estoy tan dormida que tengo miedo de que se me escurra entre las manos. Nos sentamos juntos en el sofá y y me recuesto de manera que él quede sobre mí, y yo lucho por no quedarme dormida mientras él se queda frito encima de mi pecho. Cuando está satisfecho escupe el pezón, cierra fuerte los ojos y aprieta los morretes, y eso significa que ya está preparado para volver a la cuna. Hasta dentro de una hora y pico.

De veras que no lo entiendo. Todavía recuerdo con nostalgia aquellas noches de verano en las que nos sorprendía con seis horas, a veces siete, incluso muy raramente y por eso celebradas ocho horas seguidas durmiendo. En ese momento yo lo tomé como un signo de madurez, un paso hacia adelante que marcaría un antes y un después. Luego vinieron pequeños retrocesos, que asumimos como excepciones a la regla, días malos que todos tenemos derecho a tener, fruto de las novedades vividas... pero es que vamos para atrás como los cangrejos, y los excepcionales días malos no sólo se han hecho costumbre sino que están siendo buenos en comparación con lo que estamos viviendo ahora mismo.

Yo no sé qué es lo que pasa, sólo sé que empiezo a mosquearme. No sólo porque estoy muy cansada, que es verdad, sino porque de verdad veo que el niño no descansa bien. Me angustia escuchar esos llantos con los que se despierta. Y no entiendo ese afán, o esa voracidad, no sé, con que me coge cuando le doy el pecho para calmarle. ¿Puede ser realmente que tenga hambre? Es imposible, si cena muy bien. Además, ¿no se supone que los cereales por la noche le iban a ayudar a dormir? Pues no sólo no le ayudan sino que empiezo a pensar que son los culpables de esta situación.

Preguntando al oráculo google, he averiguado que hay más bebés a los que les pasa esto, es decir, que desde que toman cereales por la noche duermen peor. Algunas madres lo achacan a que les dan mucha sed. Otras madres (al parecer mejor informadas) creen que los cereales les aportan demasiadas calorías justo cuando no las necesitan, y que los cereales lo ùnico que hacen es que las digestiones sean pesadas por las noches. Yo no sé si será verdad, sólo sé que la semana pasada, la única noche que el ratón no tomó sus cereales porque se durmió al pecho sólo se despertó una vez. Así que voy a intentar probar esta teoría eliminando los cereales de la noche y pasándoselos a la mañana (o intentándolo, recordemos que conmigo no los come).

Hoy va a ser el primer día del experimento, porque también se ha dormido antes de cenar (estaba agotado de jugar toda la tarde). A ver cómo se da la noche. Mañana reporto.

Y pensar que hace nada sufría precisamente porque no se comía los dichosos cereales...

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Edito: el plan cereales no ha funcionado. Se sigue despertando igual el pobrecico. El lunes probamos otra técnica: darle antes los cereales y luego el pecho. Tampoco funcionó, aunque es verdad que como el pecho le relaja inicialmente parece que se duerme antes, aunque tampoco fue así porque se despertó enseguida.
Estoy muy quemada. Y cansada. Pero como no puedo hacer nada, pues cara feroche al enemigo y ya vendrán tiempos mejores.

lunes, 25 de octubre de 2010

Hace ya ocho meses

Durante mi embarazo estuve trabajando hasta los siete meses. Por entonces ya me encontraba muy pesada (gané bastante peso) e incómoda, y esto, unido a los extraños horarios de trabajo que tenía, hacía que solamente pensara en dejar de currar. A finales de enero terminé mi último curro con la intención de parar ya, descansar y dedicarme a preparar la madriguera para la llegada del ratón. No había pasado ni una semana y ya me aburría en casa. No sólo eso sino que envidiaba a mis compañeros, que iban a embarcarse en un proyecto divertidísimo donde bien me hubiera gustado estar a mí.

Mis deseos se cumplieron, y me ofrecieron embarcarme en esa locura. Era un proyecto corto, de dos semanas, pero intenso: muchas horas, nocturnidad, alevosía... y dije: venga, adelante, son sólo dos semanas, será una despedida a lo grande del trabajo durante unos cuantos meses.

A las dos semanas, el proyecto iba tan bien que decidieron alargarlo. Yo veía que no iba a poder mantener ese ritmo más tiempo, y me comprometí para una semana más. No tuve ocasión de empezarla. Una mañana me desperté con unas molestias más fuertes de lo normal. Llamé a mi matrona, que por teléfono y en vista de lo que le comenté me recomendó ir a urgencias. Yo estaba de los nervios, pero entre que llegué, esperé en la sala de espera y me atendieron me tranquilicé bastante. Además, las molestias habían cesado casi por completo. Por eso cuando me dijeron que me tenía que quedar ingresada, el mundo se me vino encima.

Todo se desarrolló tan rápido que no me lo creía. Tras una sesión de monitores donde aparentemente no tuve contracciones, y una explóración tras la que me dijeron que tenía que dejar de trabajar, yo creí que todo se acababa ahí, y que me iba a casa sin más. De repente entra otro médico, me examina de nuevo (con dolor) y me dice a bocajarro que me tengo que quedar esa noche. Me dicen que me desnude y se llevan mi ropa, me ponen una vía (también con dolor), me hablan a la vez, me pinchan en el culo, no me entero bien de lo que me dicen, tengo frío y estoy nerviosa... toda mi preocupación es que alguien llame a mi marido. Cuando salgo en silla de ruedas, vestida sólo con una bata abierta por todas partes y mi ropa en una bolsa de basura en las rodillas se me caen las lágrimas. Menos mal que él está afuera.

Todo esto se tradujo en una semana ingresada por amenaza de parto prematuro. Lo que me pincharon era una medicina para acelerar la maduración pulmonar del bebé, por si nacía antes de tiempo. Por la vía me pusieron otra medicina que frenara las contracciones. Por supuesto, de volver a trabajar ni hablamos. Cuando me dieron el alta hospitalaria, me recetaron reposo absoluto por lo menos hasta la semana 37. Fueron unas semanas duras, en las que deseé muchas veces que el bebé saliera ya de una vez. Finalmente, mi hijo nació en la semana 39+6, puntual como un reloj suizo. Antes de eso tuve otros sustos y problemas, pero ésa es otra historia.

Y yo que iba a hablar de un propósito que tengo para aliviar la inactividad laboral... hace la ocho meses que no trabajo (en mi profesión, se entiende) y lo echo de menos.