martes, 7 de febrero de 2012

Trabajo de ida y vuelta, e ida, y vuelta, y otra vez ida...

Tres días después de mi última entrada, en la que hablaba de mi trabajo, ocurrió algo inesperado. Como contaba, la época de telefonista/agente de viajes estaba a punto de terminar, y pronto iba a empezar a disfrutar de la parte bonita del proyecto. Un proyecto gordo, de envergadura, y sobre todo largo. Un proyecto que me iba a dar trabajo hasta verano, y me iba a permitir tener vacaciones familiares como las personas normales. Bien, todo esto se ha venido abajo. Como digo, tres días después de mi entrada anterior soltaron la bomba. Parad los motores. Todo se retrasa... mucho... en concreto, cinco meses. Ni trabajo, ni vacaciones familiares ni nada. Se supone que estoy inmunizada ante este tipo de news, pero me quedé muerta. Como una se hace dura, mantuve la calma bastante bien, pero por dentro el corazón me iba a mil, tenía dolor en el pecho y todos los síntomas de la ansiedad.
Por suerte (y por desgracia) en este mundo las sorpresas están a la orden del día, menos de 48 horas más tarde recibía la llamada del ahorro y la tranquilidad. Los astros se han alineado, como casi siempre, para que yo no esté en paro, y empezaré a currar en nada en otra historia, rodeada de amigos y en un ambiente genial. Va a ser duro: jornadas larguísimas, muchos kilómetros de carretera cada día, fines de semana hipotecados, pero feliz como una perdiz.
Por supuesto, todo esto me supuso otro día de nervios, estrés y con el corazón en un puño, porque. Si es que un día me da un infarto.

lunes, 30 de enero de 2012

Dale al FF

Llevo un mes en mi nuevo trabajo. Soy una especie de telefonista-agente de viajes-psicóloga. Gracias a él aborrezco hablar por teléfono. Me duelen las orejas. Me duele la cabeza y me duele la garganta. No pico en la mina, y por suerte respetamos bastante el horario, pero sorprendentemente acabo más agotada que después de una jornada de grabación de 14 horas. Además voy todo el día con la lengua fuera, y aún así apenas veo al niño. Cojo trenes, metros, autobuses, tardo un poco más de 45' en varios tramos de a pie-tren-bus-y-viceversa para llegar de casa al curro y del curro a casa, y llego ya cuando el pobre está agotado y harto, a punto de bañarse, o de cenar... le echo de menos y él a mí, me lo recuerda cada día cuando no quiere que le coja para acostarle, porque apenas me ve y me castiga, por decirlo de alguna manera. Llevo varios desprecios de estos seguidos y estoy un poco triste. Pero pronto acabará esta fase, y espero ansiosa la siguiente, mucho más divertida y gratificante. Nos lo vamos a pasar genial, mi horario cambiará, veré más al niño, iremos al parque, hará menos frío, mi curro me satisfará más y mi humor mejorará, estaré menos cansada y más receptiva, a lo mejor hasta ganaré peso, estaré más guapa, me sentiré mejor... ¡por favor, que pase rápido el tiempo!

(A todo esto, el ratón cada vez come más, y habla más. Dice comer comer cuando tiene hambre, comer otro cuando quiere más, a guaguá cuando no quiere más, gogú cuando ve, intuye o huele un yogur, mío cuando quiere coger el cubierto y comer solo, jamó cuando quiere, exige y desea un poco de jamón, coyoyó cuando se refiere a su ídolo en modo: ponme, mira, leamos... y hoy, en medio del paroxismo ante la idea de ver un capítulo de Pocoyó mientras comía (dos cosas que centran su existencia), ha dicho papacoyó, que es una mezcla de las dos cosas que más quiere en el mundo, Pocoyó y papá).

sábado, 14 de enero de 2012

Creciendo y trabajando

Ya no sé ni cuántos meses tiene el ratón... ¿21? qué ganas de hablar en años, como toda la vida. Lo cierto es que ya no es un bebé, ya es un niño. Habla un montón, aunque a veces no le entendamos. Construye frases, se sabe el nombre de casi todo el mundo que le rodea, repite todo lo que oye y es un salao. Le encantan los coches y las motos, los animales, y por supuesto Pocoyó. Para él sigue siendo Cocoyó, a pesar de que cada vez pronuncia mejor esa palabra ya no se la cambias. Cocoyó, Pato, Eli, Pulpo y toda la troupe son ya de la familia. Los capítulos se los traga uno tras otro. Cuando habla de ellos le cambia la voz, son sus ídolos por encima de papá y mamá. Estas navidades hemos intentado diversificar su mundo con otros elementos, pero no hay manera. Cocoyó es lo más, el resto es secundario.

Mientras él crece y aprende cosas, yo sigo mi periplo laboral. A finales del mes pasado empecé a buscar un nuevo trabajo, pues sabía que el mío terminaba. Estaba cansada (no he descansado este verano) y me hubiera gustado parar en Navidad y volver en enero, después de reyes. Ir a ver a mis padres, disfrutar un poco del ratoncillo, hacer cosas que tengo pendientes (dentistas etc, ya se sabe) pero el destino tiene sus propios plabes, y tras el último programa me fui a casa, vi al pequeño, me arreglé, me fui a la fiesta de fin de programa, estuve un ratico, me volví a casa, me acosté, me levanté al día siguiente, llevé al niño a la guarde y me incorporé a mi nuevo trabajo. Así. Sin solución de continuidad. Sin anestesia. Sin nada.

martes, 13 de diciembre de 2011

Cosas que hacer mientras escribes una entrada nueva...

... como por ejemplo, jugar con mi terremoto veintemesero. Escribo una palabra, lanzo el coche; escribo otra, le cojo a caballito... a veces, con suerte, me da tiempo a tomar un sorbo del café que me he preparado hace un rato y que ya está frío. Esto es la dictadura del ratón. En casa se hace lo que él quiere, que básicamente es jugar con los coches, ver los mismos cuentos una y otra vez, jugar a fútbol en el pasillo con un balón que aforunadamente es de tela, y así pasamos las tardes...

Es alucinante cómo su motricidad se ha afinado un montón. Anda fino, como dicen sus tías. Da saltos fenomenal y sabe ponerse a la pata coja. Sus movimientos son seguros y elegantes, la verdad es que da gusto verle moverse. También anda de rodillas. Uno de los músculos que más ha desarrollado en este tiempo es la lengua. Es un loro. No calla. Aprende cosas nuevas a cada momento. Va por la calle al grito de ¡coche, moto, guau-guau! Todo lo que le dices lo repite. Sus palabras más usadas son Pocoyó, Pato, Eli... y vuelta Pocoyó... es como un mantra, a veces lo repite hasta dormido. Los cuentos de Pocoyó los tiene requetesobados. Los vemos una y otra vez, mientras repetimos: Pocoyó, Pato, Eli... A veces introducimos a Ito (Pajarito), Ina (Valentina) y Pulpo. Caillou también se ha introducido en su universo. Cuando no está con eso repite los nombres de sus compañeros de colegio, como si pasara lista.

Como no para, me tiene loca. Ya toca baño: risas, jugar con los barcos, con el agua... en fin... un chou. Luego a cenar, que cada vez cuesta más porque está a todo menos a eso, y dormir, que es otro chou. Al final cae por agotamiento, porque él se resiste. Y luego siempre caigo yo.

martes, 11 de octubre de 2011

18 meses

Dieciocho meses tiene mi ratón ya. Año y medio. Está hecho un jabato. Corre por todas partes, le encanta tirarse por el tobogán, a veces sentado y a veces echado bocabajo. Incluso ha llegado a tirarse de cabeza. Y eso que no es un niño alocado, es más bien cauto, tranquilo, más de observar que de actuar... eso lo he descubierto en el parque, un lugar donde ves de todo y te das cuenta de la suerte que tienes en casa. Me gusta verle relacionarse con otros niños. Tiene cuatro o cinco amigos fijos con los que se ve casi a diario. Con algunos se pone como loco de alegría al verlos. Es alucinante. El otro día su mejor amigo le pegó repetidas veces, primero un par de manotazos, luego empujones y al final se sentó en el suelo de un golpe. No le hizo daño pero el pobre, al final, ya harto de no entender nada, se echó a llorar desconsoladamente y no se calmaba. Nos fuimos. Menos mal que como no hay maldad mañana se ven y se adoran de nuevo (aunque hay amores que matan).

Está aprendiendo a hablar, aunque su lenguaje es incomprensible para nosotros y solo le entiendo cuando dice mamá, papá, agua, guau-guau, adiós, hola... y poco más. Guau-guau es todo, todos los animales y algunas cosas; mamá y papá no siempre se corresponden con nosotros, a veces nos cambia, o a lo mejor es que pregunta al uno sobre el otro... y agua es agua, pero también vaso, o quiero agua, o mira, hay agua en el suelo, o piscina, o bañera... en fin. Y también dice agua-guá, que es a guardar (los juguetes), y aunque casi siempre viene a cuento a veces no.
Aunque su palabra más repetida es NO. Así, con mayúsculas. No a todo. Últimamente lo acompaña con un movimiento enérgico de cabeza o con uno de dedo, y a veces todo a la vez, repitiendo no-no-no todo el rato. Debe de ser lo que le dicen en el cole cuando hace lo que no debe.

El cole es la guarde, evidentemente. Es carísima, y aunque es muy pequeñaja y un poco triste como las chicas son majas y él estaba contento decidimos dejarle también este año y no buscar una más barata. Sin embargo, ahora mismo estoy un poco mosca con ellas, porque me acaban de coaccionar para que les compre un baby con el nombre de la escuela al super precio de 30 euros con los argumentos de: es que comen sols ahora, es que van a empezar a pintar... pintan con las manos, comen con las manos, se ensucian mucho... eso sí, si no quieres no es obligatorio, pero si trae un baby tiene que ser éste, o nada. No vale uno del carrefour de 5 euros. Y lo peor es que he pasado por el aro. Prefiero eso a tener que cambiarle al ritmo de 5 pantalones y 5 camisetas a la semana, lavando casi a diario, y a saber si la pintura esa se quita bien... En fin...

Respecto a mí, desde mi última entrada he vivido un sinfín de cambios permanentes. Pasé del paro a trabajar en la empresa A, de ahí a la B y ahora estoy en la C. Todo en cuatro meses. En la A esuve dos meses y medio, en la B veinte días y en la C llevo dos semanas, creo. Mi próxima declaración va a ser desastrosa. Eso sí, si todo sale bien estaré en la empresa C hasta fin de año. ¡Yuju! Viva la precariedad laboral.

miércoles, 8 de junio de 2011

Y a los 14 meses...

Un pequeño paso para el mundo, un gran paso para el ratoncito. Se acabó el tambalearse, el agarrarse a los muebles y arrastrase en paralelo a las paredes. El dar tres pasos y estamparse. El caer. Bienvenido el paso firme, el ir donde quiero y cuando quiero, el dar la mano solo porque me apetede ir de la mano, no porque lo necesite. Bienvenida la independencia. Por suerte, la asignatura correr aún no ha abierto matrícula...

Pues sí, mi niño ya anda. Solito. Como loco. Va, viene, te persigue por toda la casa, y es perseguido a su vez... es una ricura. Pero es curioso, a la vez que se ha abierto ante sus ojos un mundo entero de posibilidades, ha crecido en él una necesidad tremenda de tenernos cerca, de no perdernos de vista, de agarrarnos de la mano, y una afectividad nueva ha surgido entre nosotros: abrazos, mimos, sonrisas arrebatadoras... ¡todo esto es nuevo! ¿dónde había estado este mimoso hasta ahora? Nunca nos había dado los abrazos que nos da ahora, ni pedido que le demos la mano, ni arrimado su cara a la nuestra en lo más parecido a un beso que hemos conocido... Cuando juega, te pide que juegues con él, cuando duerme que le des la mano... cuando come que le hagas tonterías... es encantador, y un poco agotador, no lo niego. Pero estoy disfrutándolo muchísimo.

Lo único que no me gusta mucho es que de repente se ha vuelto más tímido y lloroso que nunca. Ayer fuimos a tomar café a casa de un amigo, pues al llegar se agarró a mi pierna como nunca había hecho y no se soltó hasta pasado un rato (y con una galleta de por medio). Luego, al salir, me adelanté con la silleta y se quedó mi amigo con él y lloró como un loco al perderme medio segundo de vista. Bajando a la calle, donde nos esperaban otras amigas, le dio la vergüenza y quiso que le cogiera en brazos, donde escondía su cabeza en mi hombro todo el rato. Pero bebé, ¿qué te pasa?

Saliendo un poco del tema niño. Sigo en paro, ahora ya sí. Y con montones de cosas que hacer, y una pereza tremenda. Como tengo esperanzas de empezar a trabajar de nuevo en diez días, en el fondo lo que quiero es vaguear, descansar, petardear... pero la realidad se impone, y la lista crece y crece... hay cosas impepinables, como
- ir al inem (no me fío de mis esperanzas)
- sacar la ropa de verano
- encontrar vestido para irme de boda en diez días, y apañar el estilismo entero
- peluquería antes de la boda (las canas reaparecen)
- consulta médica pendiente

Y además:
- cambiar de colchón
- ordenar armarios
- hacer un álbum digital del primer año del roedorcillo
- ... y tenía más cosas pendientes pero el subconsciente hace que se me olviden!!

miércoles, 18 de mayo de 2011

Hay cosas mucho más tristes

No hay nada más triste que un turno de noche... bueno, sí, no tener turno, eso es más triste que un turno de noche.

Otra vez en el paro. Después de lo mal que lo pasé en otoño, ya empiezo a estar intranquila y eso que llevo exactamente una semana sin trabajar, y encima estoy de vacaciones, o sea que técnicamente no estoy parada. Busco pasión sobre la que centrar mis esfuerzos y dejar la tele. Pero si no aparece una ocupación cualquiera me valdría.

Mientras aparece (o no) disfruto a tiempo completo de mi verdadera pasión, mi ratoncito. Ya tiene más de 13 meses. Es que te lo comes con queso o sin él. Será salao, el tío... no acaba de lanzarse a andar, de la manita sí, todo, de aquí para allá, de acá para allí... deslomando a sus padres. Pero solito le cuesta, aunque cuando cree que no le ves bien que se levanta y anda. Y cuando se levanta y avanza (o se abalanza más bien) a mis brazos es que lo espachurarría. ¡Guapo! A ver si coge confianza porque es que sabe, él sabe, camina hasta la cesta de sus juguetes y revuelve en ella. Y en el parque también. Pero no sé, a veces le da la inseguridad... De todas maneras me encanta cuando extiende los brazos casi exigiendo que le cojas, con esos gruñidos que lanzan los niños que no saben hablar pero que saben perfectamente lo que dirían si supieran cómo.

Es que nos ha nacido un pequeño tirano. Ya no es un bebé inerte y pasivo, ahora sabe lo que quiere y cuándo, y si no lo consigue se enfada cada vez más. Los highlights de berrinches leves son cuando le saco de la bañera, cuando le siento en la silleta, cuando le bajas del columpio, y útimamente cuando le echas bocarriba en el cambiador para cambiare o vestirle (lo odia) o cuando le das la papilla de la cena, que la aborrece.

Esto último me preocupa. Es que no hay día que se termine la cena. Incluso hay días que casi no la prueba. Y claro, dices: "si no quiere comer, que no coma". "De hambre no se va a morir". "Él sabrá lo que necesita". "Por un día (o dos, o tres) no pasa nada". Y claro, así todos los días pues empiezo a pensar si no necesitaré cambiar de plan. Darle otra cosa de cenar, no sé... Igual si empiezo con sólido... lo malo es que el enano no toma biberón, por eso mi empeño en la papilla de cereales, por la leche... no es que sea yo una torturadora... en fin, que no sé. Vamos a darnos un tiempo y a ver.

Seguiremos informando